CÓMPLICES DE COMPRAS

Collage digital de María José Moreno

Era uno de los primeros días en que el calor se hacía notar. El tedio nos mantenía en un silencio fingido porque cada una mantenía un diálogo interior con sus preocupaciones, deseos, miedos, amores o desamores. Estábamos tumbadas en la cama y de fondo sonaba música jazz. Escuchábamos el último disco que mi padre me había regalado por mi cumpleaños. Nos recordaba los buenos ratos que habíamos pasado en la Village Vanguard. El club recién inaugurado en la Séptima Avenida. 

—No sé qué te sucede, últimamente andas muy pensativa —dije a Rose

—Tú tampoco hablas.

—No me dejas otra opción. A no ser que hable sola y no me apetece. ¿Me dirás qué piensas?

Se giró hacia mí y suspiró. Sus palabras no acaban de tomar forma en su garganta. Los ojos rojos y húmedos la delataron.  

—Algo te preocupa y tienes que decírmelo —supliqué.

—Verás…, me marcho de Nueva York. Estamos en la ruina y volvemos a la granja de mis abuelos. 

Nunca me había dicho nada que su familia pasara por problemas económicos. Ahora entendía por qué hacía meses que no íbamos de compras, nuestra diversión predilecta. Visitábamos las tiendas más selectas, nos probábamos las novedades mientras fingíamos que éramos tal o cual actriz de cine o alguna de las protagonista de la vida social neoyorquina. Me encantaba ver como Rose lucía ante el espejo los diferentes modelos. Cogidas del brazo nos paseábamos por la ciudad como auténticas cómplices. Éramos uña y carne desde pequeñas. Sentí un pellizco en el corazón. Si ella se marchaba no sabía qué sería de mí. 

—Eso es imposible. No me puedes dejar sola —dije con lágrimas en los ojos.

—No tengo otra opción. Entiéndelo.

—No puedo entenderlo porque te quiero —le dije con voz entrecortada.

Avergonzada por haber expresado algo que llevaba guardado tantos años y sin saber cómo reaccionaría ella, me tapé la cara.

—Pensaba que nunca lo dirías —dijo cogiendo mis manos y quitándolas de mi rostro—. Yo también te quiero.

Posó sus labios sobre los míos y mi corazón de desbocó. Cuando se retiró, le sonreí y le dije que hablaría con mi padre para que ella se quedara en casa. Estaba segura de que me diría que sí. Rose era muy querida por mis padres.

—No creo que a mis padres le importe—respondió—. De esa forma podré seguir con mis estudios —dijo Rose antes de besarme de nuevo.

—No nos separaran, ahora, menos que nunca —le susurré al oído—. Por cierto, ¿te apetece que nos vayamos de compras esta tarde?

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María José Moreno
María José Moreno

Sí, soy escritora, además de muchas otras cosas: soy profesora de universidad, psiquiatra, collagista, madre y desde no hace mucho, abuela

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